Por Manual Di Salvo – Editor en Jefe
Durante años, la conversación sobre tecnología en América Latina estuvo dominada por la innovación, la velocidad y el crecimiento. Mucho menos se habló de las consecuencias. En ese espacio —incómodo, poco popular y profundamente necesario— Daniel Monastersky construyó su camino profesional.
Hoy, su nombre aparece asociado al riesgo digital, la protección de datos y la gobernanza de la información. Pero la historia comienza mucho antes, cuando estos temas todavía no formaban parte de la agenda empresarial.
En esta entrevista Ciberseguridad Latam, repasa los comienzos, los momentos de incertidumbre y el proceso que llevó a la creación de Data Governance Latam, una firma que nació con la idea de resolver un problema silencioso: el caos de los datos dentro de las organizaciones en latinoamérica.
—Hoy el gobierno del dato y la protección de datos son temas estratégicos para las organizaciones. ¿Cómo era el escenario a comienzos de los años 2000?
Veía que la tecnología avanzaba más rápido que la capacidad de las organizaciones para entender sus riesgos. En ese momento hablar de privacidad o de responsabilidad en el uso de la información parecía algo lejano. Pero era evidente que los datos iban a convertirse en el activo central de cualquier empresa.
El problema era que nadie estaba pensando quién se hacía responsable de ese activo.
—¿Fue difícil sostener esa visión cuando el mercado todavía no existía?
Mucho. Durante años fue explicar algo que todavía no dolía. Las empresas invertían en sistemas, en marketing, en digitalización, pero no en gobernanza. Y cuando uno trabaja en un tema que todavía no genera urgencia, la validación tarda en llegar.
Ahí aparece la resiliencia. No como discurso, sino como decisión diaria de seguir construyendo.
—En ese recorrido aparece Data Governance Latam. ¿Cómo nace la idea?
Nace de observar una contradicción. Las organizaciones acumulaban cada vez más información, pero no sabían qué datos tenían, quién era responsable o si esos datos eran confiables. Había una brecha enorme entre el mundo legal, el tecnológico y el negocio.
Entendimos que faltaba un traductor entre esos mundos. No era solo un problema regulatorio; era un problema de eficiencia y de toma de decisiones. Las compañías estaban sentadas sobre información valiosa, pero en estado de desorden.
—La empresa creció rápidamente como referente regional. ¿Cuál fue el diferencial?
Los primeros años no nos enfocarnos en vender tecnología. Nuestro trabajo fue ordenar procesos, roles y responsabilidades. El gobierno de datos no empieza con un software, empieza con una decisión organizacional.
También entendimos algo clave: el cambio cultural es tan importante como el técnico. Por eso la formación siempre fue parte del proyecto. Formar profesionales que luego lideren esos cambios dentro de las organizaciones era indispensable para que el mercado madurara.
—Además del trabajo con organizaciones, tu nombre aparece muy vinculado a la formación académica. ¿Qué lugar ocupa eso en tu recorrido?
Un lugar central. Siempre creí que el desarrollo del ecosistema no depende solo de las empresas, sino de las personas que lo integran. Si no formás profesionales preparados para asumir responsabilidades reales sobre datos y ciberseguridad, el mercado no evoluciona.
Desde hace casi diez años dirijo diplomaturas vinculadas a protección de datos, ciberseguridad y la gobernanza de los datos en la Universidad Austral. En ese tiempo se formaron más de 1500 profesionales que hoy ocupan roles de liderazgo en empresas, organismos públicos y consultoras de toda la región.
La formación tiene un impacto multiplicador. Cada profesional formado lleva esa cultura a su organización.
—También dirigís el Centro de Estudios en Ciberseguridad y Datos. ¿Cuál es el objetivo del CECyD?
El Centro de Estudios en Ciberseguridad y Datos nace con la idea de generar investigación aplicada. No solo analizar lo que pasa, sino producir conocimiento útil para organizaciones y reguladores.
La ciberseguridad y la protección de datos evolucionan demasiado rápido para quedarse solo en la práctica profesional. La investigación permite anticipar problemas y entender tendencias antes de que se conviertan en crisis.
—Tu perfil hoy está mucho más cerca del asesoramiento estratégico que del ejercicio jurídico tradicional.
Porque el problema cambió. Antes la pregunta era si algo cumplía o no con la normativa. Hoy la pregunta es cómo una organización gestiona su información de forma responsable.
Los boards empezaron a entender que el riesgo digital es riesgo empresarial. Y cuando eso ocurre, el rol del abogado cambia: deja de ser quien frena decisiones para convertirse en quien ayuda a tomarlas mejor.
—En retrospectiva, ¿qué rol jugó la resiliencia en tu historia?
Fue fundamental. Hubo muchos momentos donde el camino parecía más largo de lo esperado, de mucha incertidumbre. Pero con el tiempo entendés que las transformaciones estructurales siempre son lentas.
La resiliencia es sostener una visión cuando todavía no es evidente para los demás.
—Hoy se habla mucho de inteligencia artificial y automatización. ¿Qué viene después?
Más responsabilidad. La tecnología amplifica todo: oportunidades y riesgos. Si una organización no sabe cómo gobierna o como protege sus datos, la IA solo acelera el problema.
El futuro no es técnico. Es de gobernanza.
—Si tuvieras que resumir el hilo conductor de tu recorrido profesional, ¿cuál sería?
Creer antes de tener pruebas. Y entender que el prestigio no se construye con exposición, sino con consistencia.
Después de más de dos décadas trabajando en un campo que pasó de marginal a estratégico, la historia de Daniel Monastersky refleja algo que rara vez aparece en las narrativas del éxito tecnológico: que anticiparse implica atravesar largos períodos sin reconocimiento.
Hoy, cuando las organizaciones descubren que el verdadero desafío no es generar datos sino gobernarlos, aquella intuición temprana encuentra finalmente su contexto.
Y confirma que, en un mundo digital, ordenar la información es también ordenar la confianza.