Hace apenas tres años, la operación “Salt Typhoon” evidenció una brecha crítica en la ciberdefensa de Estados Unidos. Hackers presuntamente respaldados por Pekín penetraron de forma sostenida las principales redes de telecomunicaciones estadounidenses, interceptando comunicaciones y rastreando movimientos de agentes de inteligencia y fuerzas del orden.
Este episodio ilustra la asimetría entre el modelo centralizado de ciberdefensa de China y el marco democrático estadounidense, donde la supervisión gubernamental sobre las redes privadas es limitada. Pekín integra el control estatal directo sobre energía, agua, telecomunicaciones y transporte, mientras que en Estados Unidos miles de operadores privados definen sus propias defensas, muchas veces insuficientes.
Las capacidades cibernéticas chinas van más allá de la interceptación de comunicaciones. Investigaciones han detectado malware en redes estadounidenses de energía, agua y transporte, diseñado no para recopilar información, sino para habilitar sabotajes durante una crisis.
Esta lógica se ajusta a la doctrina china de “defensa activa”: atacar primero para neutralizar la capacidad de respuesta del adversario. A diferencia de un ataque militar convencional, el preposicionamiento cibernético ofrece negación plausible, ya que cualquier interrupción podría atribuirse a fallos internos del sistema afectado.
Con información de Escenario Mundial